¿A quién alcanzarás?: Día 3 – Colosenses 1:14 – Sep 30

¿Qué determinará mi destino eterno? 

Esta es una pregunta que debes haberte hecho si has prestado atención a la historia que Jesús solía enseñar sobre dos destinos eternos diferentes. ¿Qué determina nuestro destino? ¿Es algo que podemos obtener con nuestros propios esfuerzos? ¿Podemos llegar al cielo por ser «buenos»?

Estoy seguro de que has notado que Jesús no nos dice que el hombre rico era una mala persona. Sino que, en cambio, representa una categoría de personas: aquellos que confían en sí mismos y sus «obras» o logros en lugar de darse cuenta de que sus «buenas obras» nunca serán lo suficientemente buenas para Dios. En sus corazones, no hay convicción de pecado; confían en sí mismos y no se dan cuenta de que están en un estado desesperado: necesitan un Salvador.

¿Has notado que, a lo largo de la historia, el nombre del hombre rico nunca se menciona? No conocemos el nombre del hombre rico. Y aunque debe haber sido muy conocido en su tiempo en la tierra, el Señor no lo conocía. Por el contrario, sabemos que el que fue al cielo fue Lázaro. Lo conocemos por su nombre porque Dios le conocía por nombre. De hecho, su nombre significa: «Dios ha ayudado». En la tierra era miserable, infeliz, sin hogar, enfermo, hambriento y, cuando murió, nadie lo enterró. A los ojos del hombre, a nadie le importaba; parecía estar desamparado. Pero Lázaro fue ayudado por Dios, fue llevado al cielo por los ángeles. Su confianza estaba en el único que podía ayudarlo y amarlo tal como era. Su nombre indicaba cuánto le importaba a Dios. La condición externa de Lázaro le permitió darse cuenta de cuánto necesitaba a Dios. Necesitaba ser salvado, necesitaba un Salvador tal como todos nosotros.

¿Dónde has puesto tu confianza? ¿Has puesto tu confianza en ti mismo, tus obras, dinero y logros, o en Dios?

Hace miles de años, un profeta llamado Isaías proclamó: “Sales al encuentro de los que, alegres, practican la justicia y recuerdan tus caminos. Pero te enojas si persistimos en desviarnos de ellos. ¿Cómo podremos ser salvos? Todos somos como gente impura; todos nuestros actos de justicia son como trapos de inmundicia…”. (Isaías 64:5–7). Isaías lo expresó perfectamente: incluso cuando hacemos nuestro mejor esfuerzo, no es suficiente. Lo que consideramos correcto, a los ojos de Dios, es como un trapo sucio.

Todas estas cosas pueden sonar desalentadoras si olvidamos el evangelio. Tenemos un Salvador, su nombre es Jesús. Su obra nos salva cuando confiamos en que lo que hizo por nosotros fue suficiente para hacer las paces entre Dios y nosotros. Su vida fue un regalo para nosotros: la salvación es para todos y es gratis. No tenemos que pagar ni hacer nada excepto creer en nuestros corazones y confesar con nuestra lengua que Jesús es nuestro Señor y Salvador. No puedo esperar para compartir esta noticia conmovedora, ¿y tú? ¿A quién alcanzarás?

Citas Bíblicas para estudiar:

Efesios 2:8-9
Isaías 64:6
Hechos 2:38
Colosenses 1:14

Amén

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