Corazones duros – Proverbios 21:23 – Ene 4

El que guarda su boca y su lengua, Su alma guarda de angustias.

Si glorificas a Dios, mortificas el pecado. Si te rebelas contra Dios, acoges el pecado, te acostumbras a él y ya no te rompe el corazón. Tienes un corazón frío. Entonces, se convierte en un corazón duro.

Sucede en nuestras relaciones, como en el matrimonio. Todo matrimonio tiene fricción. Algunas estaciones son más fáciles que otras, pero siempre hay fricción. Mi esposa Kelly y yo, tenemos este dicho: «Los dos vinimos a ser uno y ahora estamos discutiendo acerca de en cuál de los dos nos vamos a convertir». Creo que nos convertimos en mí. Si quiero algo y ella quiere algo diferente, bueno… hagamos lo que yo quiero.

A medida que se establece el pecado del egoísmo, los sentimientos de amor disminuyen. Empiezas a presionar por lo que quieres. Cuando no lo entiendes, te enojas un poco. Empiezas a usar frases como: «ella siempre», «él nunca», «solíamos hacerlo», «necesitamos hacerlo», «siempre lo hacen», y «nunca lo hacemos».

Luego, tu tono cambia. Tu tono es un gran problema en el matrimonio. Comienza a ser un gran problema diferente. Tus palabras son más cortantes; le das golpes sutiles. Te conviertes en un verdadero experto en eso. Empiezan a ir uno tras otro, porque están luchando sobre en cuál de ustedes se convirtieron, cuando vinieron a ser uno.

Esto es lo que necesitas aprender: solo porque piense en algo, no significa que deba decirlo. Cuando eres joven, crees que es mejor ser honesto, no importa cuánto lastimes a tu cónyuge. Pero eso no es lo mejor, eso es tonto. Necesitas un filtro. Después de 18 años de matrimonio, entiendo que no necesito decir todo lo que pienso; tampoco todo lo que Kelly piensa necesita decírmelo. Nuestros deseos deben ser presentados ante el Señor. Necesitamos decir: «No voy a ser egoísta» y decirlo en serio. El pecado obstaculizará el amor en el matrimonio, pero el amor obstaculizará el pecado del egoísmo. ¿Ves cómo funciona?

Dios quiere que lo ames. Una relación con Dios no se trata de esforzarte por hacer lo correcto, sino de enamorarse del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Entonces nuestros corazones se vuelven sanos y completos, no fríos ni duros.

Señor, ayúdanos a amarte más; ayúdanos a no querer pecar más.

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MEDITACIÓN DIARIA