Cuando alguien pregunta: “¿A qué se dedica?”, la respuesta, por lo general, incluye un puesto de trabajo. Pero los padres o cualquier persona que esté criando o interactuando con niños tiene un papel mucho más importante que los deberes profesionales.
Los padres son comunicadores. Pero a diferencia de los conferencistas, las madres y los padres no pueden planear de antemano su mensaje. Todo lo que hacemos y decimos, en especial lo que sucede “sin pensarlo”, moldea a nuestros hijos. Piense en su propia infancia, ¿qué hicieron sus padres para ilustrar las prioridades y creencias que tenían?.
Incluso sin hablar, enviamos mensajes por medio de nuestro lenguaje corporal, intereses, ausencia o presencia, y silencio. Agregue palabras a la mezcla, y tenemos la receta para un impacto positivo o negativo.
Es inevitable que nuestros hijos se vean afectados por lo que comunicamos. De manera que, prestemos atención al modo en que cada joven procesa la información; a veces, el mensaje que queremos transmitir se ve distorsionado por la comprensión limitada de nuestros hijos.

Solo los padres como el encolerizado y resentido rey Saúl en el pasaje de hoy, tendrían la intención de herir a sus hijos. Pero en el trajín o por causa de heridas pasadas, los mensajes que enviamos podrían ser perjudiciales sin darnos cuenta.
¿Qué les comunica a sus hijos? Pregúntese: ¿A qué apuntan mis acciones como prioridades de mi vida? ¿Sienten mis hijos que tengo en mi corazón hambre de la dirección y la ayuda de Dios? Sobre todo, ¿sabrían ellos cómo cultivar una relación cada vez más profunda con Cristo al observar mi vida?.
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