El prólogo de cada historia exitosa – Proverbios 16:18 – Ene 30

El predicador puritano estadounidense Cotton Mather invitó a su casa a cenar al joven Benjamin Franklin y luego de comer le mostró su biblioteca. Mientras caminaban por un estrecho pasillo hacia la biblioteca, Mather le gritó a Franklin: «¡Agáchate! ¡Agáchate!».

Franklin no entendió la exhortación hasta que fue demasiado tarde, golpeándose la cabeza con una lámpara.

Mather convirtió aquella anécdota en un sermón. «Que esto sea una advertencia para ti: no siempre se puede mantener la cabeza tan alta. Agáchate, joven, agáchate a medida que avanzas por este mundo, y evitarás muchos golpes».

Muchos años después, Franklin le dijo al hijo de Mather que nunca olvidó ese momento. «Ese consejo, así como me golpeó en la cabeza, con frecuencia me ha sido útil», dijo Franklin. «Y a menudo pienso en ello cuando veo el orgullo y las desgracias que la gente se provoca por llevar la cabeza demasiado en alto».

Uno de los momentos decisivos de mi vida sucedió cuando un interno me hizo una observación. Declaré algo con mucho orgullo sobre nuestra iglesia, National Community Church, y el joven me llamó la atención por eso. Al principio me puse a la defensiva. Pero ahora le agradezco mucho que tuvo el valor de corregirme.

En verdad, no quiero dar la impresión de que he vencido al orgullo. Como cada uno de los siete pecados capitales, el orgullo tiene nueve vidas. Tienes que pelear esa batalla todos los días, pero hay victorias decisivas. Y yo tuve una de ellas.

Hay una secuencia en las Escrituras que es sacrosanta. El orgullo precede a la destrucción. Del mismo modo, la humildad viene antes que la honra. En el orden espiritual de las cosas, eso es inviolable.

El orgullo es el primer capítulo en el libro del fracaso.

La humildad es el primer capítulo en el libro del éxito.

Dios no te pondrá en una posición de liderazgo hasta que tomes una posición de servicio. Por tanto, cuando persigas el sueño del tamaño de Dios, que Él te dio, recuerda la actitud que debes mantener de principio a fin: ¡Agáchate!.

Y entre tanto tengo un consejo para ti. Hay dos formas de ser humilde. Puedes humillarte o dejar que Dios te humille. Escoge lo primero para que no tengas que experimentar lo último.

¿Cómo puedes hacer para que otros vean a Dios en ti con más claridad?

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MEDITACIÓN DIARIA