La Importancia de enseñar a nuestros hijos a hacer amigos

La infancia con amigos es mejor, pero no siempre es fácil. Si los padres valoran la importancia de las amistades podrán fomentarlas y encauzar contratiempos.

Las amistades desempeñan un papel muy importante en el desarrollo personal y social de los niños. Por ello padres y educadores deben transmitir el valor del compañerismo y la amistad, potenciando las relaciones con otros niños y niñas, tanto dentro como fuera del entorno escolar.

Aunque en el seno de la familia haya muy buena relación y comunicación, los padres son ante todo padres: dedican a los hijos su amor, atención y cuidados, y comparten con ellos muchos de sus entretenimientos, pero eso no debe confundirse con ser sus amigos. Los niños eligen libremente a sus amistades entre sus compañeros de escuela y actividades extraescolares o en el vecindario.

Durante la infancia las relaciones entre amigos son fundamentales para que los niños no se sientan solos y marginados, ya que para ellos es preciso sentir que forman parte de un grupo y que son aceptados por sus compañeros.

No siempre se trata de relaciones cordiales ya que muchas veces llegan a discutir y a pelearse, pero estas discusiones también suponen una parte importante de su socialización.

En tanto que los contactos y encuentros con otros niños se van repitiendo, se establecen unos lazos afectivos y unos vínculos que pueden prefigurar el modelo de las relaciones que establecerán en su vida adulta.

Hasta los 2 años: Egocentrismo Inicial

Hasta los dos años aproximadamente los niños prefieren estar solos, pero pronto buscan la compañía de otros niños.

Al principio de estas relaciones suelen ser muy egocéntricos, ya que ese es el modo principal de funcionamiento de su personalidad. Al jugar con otros niños muestran una actitud muy ambivalente: se acercan, desean jugar con ellos, pero son reacios a compartir sus juguetes y con frecuencia intentan arrebatarles los suyos.

Este egocentrismo tiene que ver más con los objetos propios que con ellos mismos. No es que no quieran estar con los otros niños, sino que les cuesta compartir sus juguetes.

Los padres no deben dejarse llevar por esta actitud y separarlos de los otros niños para evitar riñas, sino enseñarles a compartir estimulando el intercambio de juguetes y haciendo de mediadores. Poco a poco aprenderán que si dejan sus cosas los demás niños les dejarán también las suyas.

Al final del juego, incluso unos querrán llevarse los juguetes de los otros, algo que también se debe alentar para enseñarles a respetar lo ajeno, quedando por ejemplo otro día para devolverlo.

Desde los 3 años: Relaciones Selectivas

A partir de los tres o cuatro años, los niños ya son mucho más sociables, tanto porque su personalidad se ha desarrollado un poco más y ya no son tan egocéntricos, como por el hecho de haber empezado a ir a la escuela, donde ya se han generado unos lazos sociales con otros niños y han aprendido a compartir actividades con ellos.

Ese aprendizaje les lleva también a ser más selectivos a la hora de buscar compañeros con quienes jugar. Si antes en el parque iban de un niño a otro, ahora ya encuentran sus preferencias por afinidad, trato o cualquier otro motivo.

Aquí los padres deben estar atentos a fin de que no se genere una relación demasiado excluyente con uno o dos amigos y pasen del resto de niños. En estos casos conviene decirles que aunque estos sean sus amigos favoritos y quizá aquellos a quienes inviten a pasar una tarde en casa, es preferible que dejen participar en sus juegos a otros niños y que ellos se incluyan también en otros círculos.

También debe tenerse en cuenta que esta especie de enamoramiento es muy frágil. Por la menor tontería pueden dejar de ser amigos de hoy para mañana. Expresiones como «ya no soy tu amigo» son frecuentes y casi siempre suelen responder a un arrebato pasajero.

¿Son buenos los amigos imaginarios?

Entre los tres y cuatro años los niños suelen inventarse un amigo imaginario: un muñeco, un peluche o alguien inexistente con quien hablan durante las comidas, en sus ratos de juego o al acostarse. Los padres no deben preocuparse ya que, aunque no sea una persona real, el niño puede llegar a describirlo como si estuviera presente.

A este personaje puede llegar a atribuirle rasgos que le gustaría tener; es una especie de héroe con quien comparte sus aventuras y forma parte de su creatividad. El niño, por otro lado, sabe muy bien distinguir que se trata de un personaje fantaseado.

Si queremos saber qué significa para él hay que estar atentos, observar su «relación» y escuchar sus «diálogos». Probablemente lo utiliza en algunos momentos difíciles, como cuando espera la llegada de un hermano, está más nervioso o necesita ayuda para algo.

Aunque este amigo imaginario suele responder a un momento determinado del desarrollo infantil, si se prolonga mucho tiempo –más allá de los siete u ocho años–, o al niño le cuesta hacer amigos de verdad, entonces habrá que averiguar si está ocultando otro tipo de problemas de relación y consultarlo con sus tutores de la escuela para ver si el niño está bien integrado en su clase.

Desde los 6 años: La edad de los camaradas

A partir de los seis o siete años los amigos cobran gran relevancia, fenómeno que se irá acentuando hasta la entrada en la etapa adolescente, en que los compañeros desempeñan un papel crucial.

Durante la prepubertad y la pubertad se comienzan a descubrir valores como la amistad y el compañerismo. Los amigos ya no son simples compañeros de juegos, sino camaradas con quienes compartir intrigas, los descubrimientos que van haciendo, los secretos acerca del chico o chica que más les gusta, los problemas de casa o de la escuela.

Sobre todo constituyen una pandilla, un grupo de referencia al que se pertenece y en el que se establecen, como en todo grupo humano, una serie de papeles, como el del líder, el hábil, el torpe, el simpático…

Como su desarrollo intelectual ha avanzado mucho, los juegos que prefieren en estas edades son los juegos de mesa. Comportan el seguir unas reglas establecidas, aunque muchas veces estas reglas las dispongan ellos mismos, lo que les hace llegar a acuerdos mediante una trama de negociaciones que imita los mecanismos de la vida adulta y se convierten en una parte importante de su aprendizaje de habilidades sociales.

Aunque se declaren amigos para siempre, en esta etapa los niños cambian fácilmente de amigos. Al variar de intereses y aficiones con frecuencia, buscan nuevos amigos con quienes compartir y reforzar sus afinidades.

El inicio de una verdadera amistad durante estos años les permite a los niños aprender el valor de la tolerancia y la cooperación, estrechar vínculos emocionales y afectivos, desarrollar habilidades sociales para relacionarse con los demás, escuchar y tener en cuenta los puntos de vista y conocer nuevos intereses.

¿Cómo solucionar posibles conflictos entre niños?

La amistad no es un idilio exento de discusiones y peleas. Se dan entre hermanos y también son frecuentes entre amigos. Muchas veces se generan riñas porque carecen aún de las habilidades para prevenirlas y evitarlas, y cuando se dan cuenta están en plena discusión.

Es fácil que, al final, la sangre no llegue al río y que sean ellos mismos quienes resuelvan sus conflictos. Por tanto, no conviene que el adulto participe de entrada más que como mero observador.

  • Si pidiesen ayuda para resolver sus problemas, la actitud más adecuada es:
  • No ser un juez que dicta quién es el bueno y quién el malo, sino aportar una reflexión para que ellos mismos puedan encontrar una solución, que será mucho mejor aceptada.
  • Mostrar una escucha activa. Que sientan que deseamos ayudarles, y que les escuchamos con interés para reflexionar sobre la mejor forma de hacerlo.
  • Ayudarles a identificar el origen del problema, pues a menudo lo que ha derivado en un conflicto es una de las reglas que han impuesto o bien otro motivo distinto a aquel por el que están discutiendo.
  • Enseñarles a ser empáticos. Es muy importante que aprendan a ponerse en el sitio del otro, a sentir lo que él siente o lo que ellos sentirían si estuvieran en su piel.

Enseñar con el ejemplo: Cómo ayudarles a hacer y mantener amistades

Todos sabemos que es muy difícil hallar buenos amigos y, de hecho, son pocas las personas que reciben este calificativo.

Por ello los padres suelen estar atentos a las amistades que puedan hacer sus hijos, observando si la relación les beneficia o les perjudica, dado que como niños aún no han alcanzado la madurez para evaluarlo por sí mismos.

Como somos el espejo en que se miran los pequeños, conviene mostrarles con el ejemplo qué es para nosotros una amistad, qué hacemos para cultivarla, de qué hablamos con nuestros amigos, cómo nos ayudamos entre nosotros…

Aunque surja cierta inquietud, no hay que mostrarse rotundamente contrarios a ciertas amistades de nuestros hijos.

Se puede orientar a los hijos y señalarles las cosas que desagradan de algún compañero, pero también alabar la elección de los amigos que nos gustan.

Solo se debe intervenir con cierta firmeza en aquellos casos en que una relación resulta realmente perjudicial, porque aísla al niño, le crea tal dependencia que no le permite estar solo ni un momento (ni siquiera para estudiar, ya que siempre están quedando para jugar) o porque la conducta de ese otro niño no parece un buen ejemplo.

Si es necesario, hay que propiciar situaciones que le permitan conocer a otros niños, o bien proponerle que haga algún deporte o alguna actividad extraescolar que le ayude a encontrar otros intereses y otro círculo de conocidos.

¿Cómo estimular la sociabilidad de los niños?

El círculo en que se mueven los niños debe ser mayor que la familia y la escuela. La sociabilidad y la facilidad para hacer amigos deben desarrollarlas desde pequeños. Por ello es útil:

  • Incitarles a participar en juegos que fomenten el intercambio y la cooperación, para que aprendan a compartir y a dar y recibir.
  • Facilitar el contacto con otros niños, dejándoles ir de colonias o permitiendo que los amigos vengan a casa y que ellos vayan a las suyas.
  • Fomentarles la autoestima y la confianza en sí mismos, pues si se sienten seguros les será más fácil abrirse a nuevas experiencias y conocer a otros niños.
  • Hacerles compartir momentos destacados con sus compañeros, como puede ser organizando una fiesta de cumpleaños o alguna otra celebración que les pueda hacer ilusión.

¿Y si al niño le cuesta hacer amigos?

Hacer amigos es una necesidad vital y no siempre fácil de satisfacer. Si un niño carece de ellos conviene investigar por qué.

No a todos los niños les resulta fácil hacer amigos, pero eso no significa que esos niños se lo pasen mejor estando solos; al contrario: muchas veces sufren en silencio su soledad y se sienten mal por no pertenecer a una pandilla o que nadie quiera jugar con ellos.

Las dificultades pueden venir por la personalidad del niño y los casos más frecuentes son:

  • Niños tímidos e inseguros. Suele ser el motivo más frecuente, ya que la timidez les hace niños retraídos y con poca confianza en sí mismos. Eso les lleva a no querer participar en los juegos de los otros por temor al ridículo y a las posibles burlas.
  • Niños sobreprotegidos. La sobreprotección convierte a los niños en personas muy egoístas, a quienes les cuesta compartir las cosas y dejar de ser el centro de atracción. Como quieren ser los que dominan el juego y sus reglas y se enfadan al menor contratiempo, suelen ser marginados por sus compañeros.
  • Niños violentos. Cuando en su interacción con los demás predominan la violencia, la fuerza física o los insultos, acaban convirtiéndose en molestos compañeros de juego y, a la larga, son evitados por los otros.
  • Niños que se sienten diferentes. Puede deberse a que tienen una baja autoestima o a que se sienten superiores. En general, no aceptan a los demás porque no se aceptan bien a sí mismos; así que, aunque el mecanismo que utilizan es la crítica a los otros, el problema radica en ellos.

Si aparece alguna de estas situaciones y el problema se cronifica, antes de que los niños sigan sufriendo conviene consultar con un especialista, porque en realidad se trata de un problema de personalidad que debe tratarse.

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