Lecciones de nuestros enemigos

Las personas con las que tenemos menos afinidad pueden ayudarnos a ser más pacientes y serenos, a descubrir nuestra verdadera fuerza.

El de «enemigo» es un concepto con el que algunos no nos sentimos cómodos. Podemos hablar de adversarios, o de personas que nos caen mal, o que nos dan rabia, pero el término enemigo suena demasiado fuerte.

La vida no es una guerra, o no debería serlo (aunque las haya).

Sin embargo, uno de los hombres que más ha hecho por la paz en el mundo, el Dalai Lama, a menudo se refiere a los enemigos en sus libros y discursos. Esta recorre sus tres compromisos vitales: el desarrollo de las cualidades del corazón, el diálogo y la política de la bondad.

Según él, los enemigos son nuestros maestros. Al enfrentarnos a ellos desde esta perspectiva, sostiene el Dalai Lama, aprendemos la importancia de la paciencia, el control y la tolerancia.

La teoría quizá ya la sabíamos, pero solo el enemigo nos permite ponerla en práctica: al obligarnos a ser tolerantes, nos permite tener una mente más serena.

Las situaciones adversas también son, aparentemente, nuestras enemigas. Y cuando ya son pasado, cuando ya hemos transitado los periodos de duelo imprescindibles, nos damos cuenta de que, en cierto modo, nos fueron de ayuda.

De todas formas, el Dalai Lama matiza que nunca tendríamos que querer derrotar al enemigo. Según él, el odio y la rabia son los únicos enemigos a los que tendríamos que vencer. Y lo que él desea en el fondo es tener más amigos, más afectos con los que practicar su deporte preferido: la sonrisa, de la que él se considera un “profesional”.

Para el psicoanalista Bert Hellinger, a los enemigos, tanto a los de poca monta como a los de gran calibre, se les ha de respetar porque no sabemos al servicio de quién están. Según Hellinger, obedecen a unas leyes universales de lo que él denomina “el gran conjunto”.

En la línea del Dalai Lama, insiste en que la resistencia exterior de los enemigos nos ayuda a lograr algo más grande: ver cuál es nuestra verdadera fuerza, aquello que nos es posible lograr.

Aparcamos el concepto contundente de enemigo y lo sustituimos por “alguien que nos da rabia”. Pues bien, también este puede ser un gran maestro. No solo nos ayuda a cultivar la paciencia, sino que nos permite aprender a gestionar la ira, que abarca la indignación, el desprecio, el odio, el sarcasmo, la hostilidad…

Quien nos la provoca –si es que alguien nos provoca algo, si es que no somos nosotros mismos los que nos lo provocamos; aunque este es otro tema– nos da la oportunidad de usar esa energía de manera constructiva para nuestro propio beneficio. Por ejemplo, crear un proyecto.

Gracias a la ira se han logrado grandes avances sociales y se han terminado grandes injusticias. Eso sí, bien canalizada.

En las relaciones personales podemos utilizar esa energía para mejorar nuestras habilidades comunicativas. Y en otros contextos en los que nos es más difícil actuar, renunciar a los sentimientos negativos a través de la aceptación.

Al final, quizá la gran lección es la aceptación: decir sí a la vida.

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