Protege a tu hijo de los conflictos con tu pareja

Los progenitores deben dejar a un lado la frustración y recordar que parte fundamental de su labor es proteger al pequeño de conflictos que no le son propios.

Casi todas las parejas se enfrentan, en un momento u otro de la relación, a una manifiesta falta de recursos y habilidades para gestionar sus conflictos.

Por eso, algunas parejas no encuentran el modo de abordar con éxito sus divergencias y, sin embargo, permanecen juntas más tiempo del que hubiesen deseado, a pesar de la falta de armonía y de la tensión existente entre ambos.

Cuando una pareja se divorcia –o mantiene una relación frágil e inestable–, puede inmiscuir en su conflicto a una tercera parte inocente: el hijo. Esta maniobra tiene consecuencias nefastas para el desarrollo emocional del niño.

Muchas de estas parejas, al sentirse desbordadas y confundidas por las dificultades que experimentan en esos dolorosos momentos, abren su relación, su conflicto, a terceras personas, fundamentalmente a los hijos, convirtiéndolos en parte activa de una dinámica conflictiva que no les corresponde. De esta forma, un problema que atañe exclusivamente a los dos, a la pareja, se hace extensible a la tríada que forma la pareja y el hijo.

¿Qué es la triangulación de un conflicto?

Se trata de una situación en la que los padres intentan ganar, contra el otro progenitor, el cariño de su hijo. Es una forma de enfrentamiento en la que cada miembro de la pareja busca soporte en los hijos, como el náufrago que busca un salvavidas al que aferrarse.

El mal momento que están pasando les impide ser conscientes de las implicaciones, a veces muy graves, que su conducta tiene para la tercera persona implicada, sobre todo cuando se trata de un hijo, sometido a una intensa lucha de lealtades. En estos casos, decimos que la pareja ha “triangulado” al hijo, lo cual puede llegar a dificultar de forma importante su desarrollo emocional.

La triangulación es una experiencia muy compleja y difícil, especialmente cuando el hijo es de corta edad, pues a menor edad, menores son también los recursos para sostener la tensión psicológica que le produce esta situación.

Los padres somos los responsables de mantener a nuestros hijos al margen de los conflictos de pareja.

Un hijo necesita a ambos progenitores en la misma medida y, cuando se ve implicado en el malestar de cada uno de ellos, experimenta una intensa ambivalencia, ya que quiere y teme, en la misma proporción, ayudarles. El temor se despierta cuando intuye que el apoyo a uno de los dos le puede llevar, irremisiblemente, a perder al otro.

En algunas triangulaciones, uno de los progenitores puede insistir tanto en el hecho de que el padre o la madre no cumple adecuadamente con su rol que el hijo termina por asumir las funciones del progenitor cuestionado. Es así como el hijo se involucra, adoptando un rol protector con el progenitor que hace de víctima y rechazando al otro.

Se establece entonces una coalición, una proximidad de afectos e intereses con uno de los padres y en contra del otro.

¿Cómo dejar de poner a los hijos en medio del conflicto?

Hay parejas que tras muchos años de matrimonio y de haber llevado una relación frágil determinan que finalizar su relación es lo necesario. La pareja está de acuerdo en cuanto al deterioro de la relación, pero a veces uno de los involucrados no perdona que el otro haya sido quien haya tomado la iniciativa de poner punto final.

Aunque se han separado como pareja, no lo pueden hacer como padres, y deberán seguir relacionándose durante mucho tiempo para llegar a acuerdos sobre la educación del niño.

Hay parejas que no logran dirimir sus desavenencias y llegar a una despedida armoniosa, así que dejan la relación con importantes asuntos inconclusos, que van saliendo a la luz en el transcurrir del proceso o que emergen cada vez que se necesita negociar cualquiera de las cuestiones que atañen a los hijos. Finalmente, y como consecuencia de esta situación, suele suceder que alguno de ambos padres no desea mantener ningun tipo de relación con el otro.

Aunque esto es una situación dolorosa, lo es aun más cuando los hijos comienzan a mostrarse disgustados con alguno o con ambos padres, y manifiestan que su padre o su madre los ha abandonado o que se fueron para buscar a otra familia, o peor aun, expresan ideas o situaciones que solo tendrían que conocer los adultos.

Esto puede suceder porque alguno de los adultos que conformaba la pareja puede estar poniendo a al niño, más o menos intencionadamente. Pero cuando una de las partes se niega a mantener contacto no es algo que se pueda abordar directamente con el otro, por lo que solo queda la opción de de confrontar con el niño esa información para poder rebatirla.

Hay padres que logran intuir que interrogar al niño con la intención de replicarle sus creencias no es lo más adecuado para ninguno de los dos. Es allí cuando es momento de intervenir: se necesita orientación profesional.

En estos casos lo mejor que se puede hacer por el bien de los niños es mostrarle su amor manteniendo una actitud totalmente respetuosa con las creencias del pequeño. Es necesario que los hijos perciban que su padre o madre no participa en el juego de ganarse su aprecio colocándose en contra de su expareja.

El amor por nuestros hijos debe implicar poner a salvo el vínculo que se tiene con ambos padres y no someterlo a una lucha de lealtades.

La clave no está en convencer a nuestros hijos de que alguno miente, sino en mostrarle abiertamente nuestro afecto, en demostrarle nuestro amor incondicional y asegurarle que siempre estaremos a su lado. Hacerle ver que nadie no está molesto, por más que sintamos un profundo desacuerdo.

Es muy importante tener en cuenta que la paternidad –el acto de cuidar, educar y, en definitiva, amar a un hijo– implica ser capaz de protegerlo de los conflictos que no le son propios; estar dispuesto, cada vez que miremos al niño a los ojos, a dejar de lado la frustración que se pueda sentir con la pareja.

Si somos fieles a esta actitud, con el tiempo conseguiremos que nuestros hijos sean capaces de reconocernos y agradecernos el hecho de haber sabido protegerlos de una experiencia tan estresante como la que se produce en la triangulación.

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