miércoles, noviembre 23, 2022

Volver al Padre: Día 8 – Romanos 6:18 – May 20

Gracia

¿Te has dado cuenta que todo en este mundo gira en torno a nuestras obras? Es probable que en casa tus padres te premiaran cuando hacías las cosas bien y te castigaran cuando las hacías mal. En el colegio podías recibir un sticker con una carita feliz o triste dependiendo de la calidad de tus tareas. En la universidad era crucial mantener un buen promedio pues uno malo podría resultar en tu expulsión y uno excelente en una beca. Al llegar al trabajo percibes que tu rendimiento determinará tu ascenso o despido.

Lastimosamente, esta concepción del mundo puede afectar la manera en la que nos relacionamos con Dios. Cuando miramos a nuestro alrededor o a nosotros mismos, podemos identificar dos estilos de relacionamiento con Dios basados en obras.

El primero se caracteriza porque destinamos todos nuestros esfuerzos en ganarnos el amor de Dios, la relación con Él no se basa en el ser sino en el hacer. Aquí vemos personas que se jactan de su buen comportamiento y de su servicio, que ocupan todo su tiempo en hacer cosas para Dios en lugar de estar con Dios. El resultado de esto es que ante el más mínimo error se sienten lejos de Dios pues creen que perdieron su amor y que ya no son merecedores de una relación con Él.

Frente a esta situación, la Palabra nos dice que fuimos amados por el Padre aun siendo pecadores (Efesios 2:3-5), que nosotros somos incapaces de salvarnos por nuestras obras (Romanos 5:6) y que por eso Cristo murió por nosotros (Efesios 2:6-9). En este sentido, dejemos de vivir como esclavos de la ley preocupándonos constantemente por los quehaceres (Lucas 10: 38-42). Más bien disfrutemos de esa comunión directa que podemos tener con Dios y por la cual Cristo pagó un alto precio (Hebreos 10:19).

El segundo estilo de relacionamiento, se caracteriza por el libertinaje. Esta forma de vida puede resultar de dos falsas concepciones. Una, creemos que si Dios ya perdonó todos nuestros pecados, podemos hacer lo que queramos. Dos, estamos cansados del yugo de la ley y preferimos estar lejos de Dios que cargar con el peso de la perfección. Como resultado, no creemos que sea posible entrar a la presencia de Dios después de haber pecado pues ya no somos merecedores de ser llamados Sus hijos.

En este caso, es preciso reconocer que la gracia de Dios nos liberó tanto del yugo del pecado como del de la ley (Romanos 6:15-18). Recordar que vivir con Dios no es estar sometidos a prohibiciones, más bien, es tener la capacidad de decirle no a lo que no nos conviene (1 Corintios 10:23). No creamos que pecar nos quita el honor de estar en la presencia de Dios, pues la Palabra dice que podemos acercarnos confiadamente al trono de gracia (Hebreos 4:16) y que donde abundó el pecado sobreabundará la gracia (Romanos 5:20).

Y a ti, ¿Qué te ha impedido disfrutar de la gracia de Dios?

Citas Bíblicas para estudiar:

Efesios 2:3-9
Romanos 3:21-28
Romanos 6:15-18

Amén

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