La Genialidad de la Generosidad: Día 2 – Salmos 24:1 – Jun 17

«De Jehová es la tierra y su plenitud; El mundo, y los que en él habitan»

La generosidad es una palabra hermosa, ¿verdad? Fluye fácilmente de la lengua y evoca imágenes de dar y recibir con alegría y extravagancia.

La mayordomía, por otro lado, tiene un tono más serio y pesado para muchas personas, uno de obligación y límites estrictos de gasto.

Sin embargo, la mayordomía bíblica es algo realmente hermoso porque es un privilegio increíble que Dios nos ha dado. La mayordomía es una parte clave del por qué es sabio ser generosos.

La verdadera generosidad surge de la comprensión de que Dios es dueño de todo. En Su economía, la buena mayordomía es por naturaleza generosa y alegre; dirige Sus recursos extravagantemente hacia Sus propósitos y para que Su pueblo los disfrute profundamente. Si queremos entender la generosidad bíblicamente, necesitamos ver la mayordomía a través de lentes nuevos, menos como algo forzado y más como una oportunidad emocionante.

Una cosa es creer que todo lo que tenemos le pertenece a Dios. Otra cosa es dejar que esa verdad penetre en nuestros corazones donde la internalizamos; y cuando lo hacemos, nuestras vidas son transformadas.

Pasamos de tener simplemente conocimientos teóricos a ser personas sabias y prácticas. Pasamos del deber al deleite; de las reglas que guardamos a vivir una aventura que compartimos. Nos levantamos por la mañana preguntándonos qué vamos a hacer con el tiempo de Dios o cómo vamos a gastar Su dinero. Pensamos en cómo nos vamos a relacionar con nuestro cónyuge y con los hijos que Él nos ha confiado o con los amigos que Él ha puesto en nuestras vidas.

El principio es este: todo lo que tenemos le pertenece a Dios, y Él nos lo ha confiado temporalmente para que lo administremos de acuerdo a Sus deseos. Somos administradores de los negocios de Dios. 

Tenemos un gran ejemplo de esto en la historia de José, la cual encontramos en el Antiguo Testamento. Potifar convirtió a José en el administrador de todas sus responsabilidades domésticas. Puso a José a cargo y le dio poder de gobernar. José dirigió la casa, mantuvo buenas cuentas y le reportaba a su jefe.

El punto a enfatizar con este principio no es el hecho de que Dios es dueño de todo y que somos Sus mayordomos.

La clave detrás de todo esto es la confianza, un asunto relacional. Requiere que un mayordomo sea hallado confiable. Dios nos ha confiado todo lo que tenemos por una razón: poder asociarnos con Él para cumplir Sus propósitos y así poder demostrar dónde están nuestras verdaderas prioridades. 

Amén

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